Apuntes sobre la experiencia universitaria I

Anacronismos. La tentativa de una reflexión sobre la experiencia universitaria requiere una aclaración previa. Es necesario despejar antes que nada el eventual impulso del interlocutor a entonar el canto reformista con ese énfasis con que se cantan aquellos himnos que representan insurrecciones gloriosas, cuando los bellos tiempos han quedado atrás y nuevas estructuras de poder o hábitos anquilosados se ven amenazados por nacientes inquietudes que no consultan ningún dogma vigente para autorizarse. Semejante situación se presenta cuando ciertas frases revestidas de encanto (nuestro régimen universitario –aún el más reciente– es anacrónico) pueden volver a pronunciarse sin reparar en la mera conservación de lo que aquellas fundaciones de 1918 instalaron como cuerpo que nos constituye. La pregunta, como siempre que se trata de mantener viva una tradición modernista –una experiencia del cambio– remite a la vigencia de lo postulado casi un siglo atrás. Dicha vigencia no depende de una disputatio alrededor de las abstracciones, sino de la consideración intelectualmente libre acerca de las políticas del saber y la cultura como responsabilidades vivas que nos imponen interrogantes urgentes en tiempos de conmoción. Si la Reforma del 18 denunciaba el anacronismo porque intervenía sobre la perceptible inadecuación entre aquellas instituciones universitarias y la emergencia del nuevo mundo del siglo XX, no podría al menos dejar de sospecharse que un siglo después se replica, actualizada, aquella percepción.

Decepciones. No es sólo que el mundo pudo haber cambiado. De eso nos han llenado los oídos, para bien y para mal. El cambio es industria de la innovación, tráfico de adaptaciones, aprendizaje de la creación, y sistematicidad de la producción. En ese contexto se inserta el debate más habitual, y no por ello menos necesario, entre “mercado” y “cultura”, entre “dispositivos procedimentales” y “neoespiritualismos cultos”. Un punto de partida que actualizara el debate, ante una interpelación sobre el anacronismo, tomaría nota de que no se sale del mercado por las invocaciones que se profieran ni por las escrituras que se entreguen a la imprenta, ya que habrán de circular junto a los demás bienes, sin dejar resquicio alguno fuera de la valorización del sujeto productor como sede de capital simbólico acumulado con todas las acreditaciones que le serán obligatoriamente concedidas para que siga su re-curso el ciclo de la producción intelectual, hoy en día indiferenciable de la producción mercantil e industrial.
Y, sin embargo, sería un gravísimo error menospreciar ese debate. Todo puede ser aún peor, y ninguna forma de resistencia ejercida por las mejores fuerzas espirituales, críticas y poéticas es merecedora de descuido, aunque no por eso se las exima del escrutinio, con el que por otra parte mantienen un pacto esencial.
Lo que se nos ha cambiado de manera drástica e irreversible es lo que recibimos como legado en nuestra propia enseñanza infantil y juvenil. Nacimos en un país, crecimos en uno que vaticinaba inminencias que no podíamos imaginar, y vivimos en otro, que aún nos tenía reservadas sorpresas despiadadas.
Sólo un punto de partida irreductible e insobornable de amarga felicidad y exigencia ética radical puede augurarnos un futuro, por módico que sea. Ser optimista es creer en esa posibilidad. Si hay algo que recordar de diciembre de 2001, ello radica en esa sed de reparación, reconstrucción y refundación. El último año que transcurrimos nos habla una y otra vez del reconocimiento de esa necesidad. Más allá de la magnitud de las satisfacciones alcanzadas.

Constataciones. Si la universidad sobrevivió a la catástrofe, fue sin duda a pérdida y sin alegría. No se sobrevive a las catástrofes, a los genocidios y a las destrucciones autoinducidas con alegría. Cuando la supervivencia no termina de identificarse con un camino recorrido por el sujeto. Cuando el azar parece más bien una razón. Sin embargo, algo había en la universidad, y en la institución educacional en general en la Argentina, ciertas fuerzas que contribuyeron a que nos mantuviéramos a flote. Incluso desde una perspectiva moral.
Aseveraciones que en otro contexto serían meras crueldades e inclemencias pueden escucharse en forma matizada cuando se refieren a la escuela: “lugar para aprender, no para comer”. Como si fueran actividades distintas. Como si no se aprendiera precisamente para “comer”. ¿Para qué otra cosa se podría justificar la escuela si no es para “comer”? Le debemos a la lengua castellana la pérdida de una significación solidaria entre comer y saber que en cambio está presente en otras lenguas.
Si todos no comemos, si millones no comen, es porque había, hay algún problema con nuestros saberes. Nuestros saberes no saben algo que necesitamos saber. ¿Será por eso que no sabemos que los necesitamos? ¿Será por eso que el poder, en la matriz cultural argentina que regula nuestra historia reciente está divorciado del saber? Para quien tenga presente la distinción griega entre libertad asociada al pensamiento y esclavitud asociada a lo “práctico”, habrá que enfatizar, mientras desviamos la mirada del menesteroso más cercano para mantenerla en línea con la de nuestro interlocutor, fuera de “los ojos de los pobres”, que los esclavos, en aquella antigüedad clásica, comían lo necesario.
La coexistencia entre hambre y democracia formal, por si hubiera que recordarlo, nos retrotrae a algún limbo inasimilable a una historia emancipatoria cualquiera.

Progresos. En la Argentina también fracasó la dimensión biopolítica de la modernidad. En cada uno de los aspectos en que el impulso hipermoderno argentino fue pionero, abordamos décadas más tarde una regresión incalculable. Si Buenos Aires acompañó a las “grandes naciones” en la construcción iniciática de los subterráneos, un siglo más tarde vive uno de sus mayores dramas políticos en relación y por el fracaso de aquel impulso modernizador transportista. Si en algo tienen razón los transeúntes y automovilistas de Buenos Aires es en aquello en lo que carecen de ella. Ven a los piqueteros y los imaginan sacrificados –exigen su sacrificio– como chivos expiatorios de la parálisis urbana. Si el movimiento piquetero conlleva un conflicto para el porteño, no lo presenta sólo por su problematicidad social y culposa para el que se salvó, sino porque antes que ninguna otra cosa, en la vida cotidiana, es un problema de tránsito, que altera los nervios, y que paraliza aún más a una ciudad que no merece el tránsito violento que la atraviesa. Durante décadas aquellos subterráneos pioneros pasaron a convertirse en ruinas. No deja de ser un signo auspicioso su actual renacimiento.
¿Estábamos pensando en la Universidad? ¿Acaso invocamos casi sin querer a alguna de sus facultades?
¿La pensamos como Parnaso, como Jardín?
En la modernidad, la universidad representa a través de la fuerza bruta de sus recursos masivos la articulación entre lenguaje y técnica. Constituye la base de la existencia en el capitalismo. Y en tiempos más recientes, no ha hecho otra cosa que volverse más funcional, más racionalizada y más industrial. ¿Qué todo ello nos resulta desolador? Tanto como lo que vemos a nuestro alrededor. ¿Es así? ¿O es mayor la conciencia de la desolación en lo que concierne a aquellos que participamos con una responsabilidad cercana, mientras el mundo circundante de los quehaceres humanos y sociales nos resulta lejano, precedido de coberturas retóricas, de paneles que ocultan elegantemente las entrañas de las máquinas? ¿No será que pertenecer a las entrañas de esta máquina, finalmente heredera de la autoconciencia crítica, por maltrecha que se encuentre, nos hace regodear con nuestras íntimas desventuras, descuidando lo que alrededor sucede?
El sistemático y exhaustivo interés y pertinencia de lo que la universidad abarca parece desmentir esta sospecha, porque, aparte de los medios de comunicación y las prácticas estéticas, no hay ningún otro campo cognitivo y lingüístico que abarque el conjunto de los trabajos y los días. Y dado que la universidad se complace en acoger en su seno también a los medios de comunicación y a las artes, concluiremos en que, dado que nada de lo humano le es ajeno, para pensarla como un monstruo aislado, enclaustrado, deberemos definir ese enclaustramiento como una singular forma de autonomía. Dependiente en sus temas y problemas, anticipatoria en sus configuraciones pragmáticas, indiferente a las coyunturas, dotada de recursos de gran alcance, aún en el peor de los casos, la universidad está más acá y más allá de la “realidad”.

Saber y oralidad. (Biblioclastia I). Prevalece la transmisión oral, de manera natural y legitimada. Los concursos docentes exigen la ficción de la “clase” pública, el despliegue exhibitivo, locuaz y erudito de la dicción. De un modo que en la actualidad equivaldría a pedir una prueba de caligrafía, el escrutinio del desempeño verbal está fuertemente instalado en la cultura universitaria. Al alumno se le habla para que registre el saber y se lo escucha para que demuestre si el registro fue consumado. El examen oral es la contrapartida del monólogo magistral de la clase teórica. Son estos los gestos mejor desempeñados. Otras actividades y elaboraciones son puestas en tela de juicio, asociadas con baja calidad o con imposibilidades de evaluación por parte del docente. La nuestra es una universidad que menoscaba la escritura, porque en el fondo es negligente con el fundamento mismo del saber universitario que es el libro.
Es una negligencia denegatoria, verificable en las acciones, no en los dichos, desde luego. No es ajena a la facilidad con que queda establecida la sinonimia entre “cultura” y “promoción de libros recién editados” en algunos medios de comunicación. Como si hubiera alguna equivalencia entre comprar libros y leerlos (o incluso poseerlos –por las mismas razones profundas por las que “comer” y “comprar comida” no son equivalentes–).
Las bibliotecas, la conservación y adquisición del patrimonio bibliográfico, los usos del libro muestran todos ellos un lugar último, arrinconado, situado al final de las prioridades. Se trata de un estigma cultural afincado en las creencias profundas. Los estudiantes no sienten necesidad de acceder, consultar ni poseer libros, porque el régimen de enseñanza no lo requiere. Lo que se les exige, asimilar rápidamente la información vertida en forma oral para reproducirla en el examen oral, se vería obstaculizado severamente por la indagación bibliográfica. El estudiante que se propusiera profundizar en los textos originarios, y recorrer por sí mismo el proceso que lleva al digesto oral de las clases teóricas no será acompañado por sus pares ni recompensado por sus profesores.
Mil síntomas indican la precariedad y la ausencia del libro. Adquirir libros es desalentado por las prácticas efectivas. Si la propia institución presenta bibliotecas exentas de toda atracción libidinal, es comprensible que los estudiantes no asocien la vida universitaria con la formación de bibliotecas personales, ni exijan, cuando establecen sus demandas, nada que se relacione con los libros. Cuando se organizan política y gremialmente, los estudiantes se dedican a la confección de esas ediciones efímeras, destinadas al basurero desde su impresión.
La vida universitaria homologa a los medios de comunicación. Transmisión “en vivo”, absorción instantánea y acrítica de lo audible, lectura de un material efímero, sin destino más allá del ciclo lectivo. En esta situación radica un ejemplo de cómo prácticas con origen tan antiguo como las ediciones que los estudiantes emprenden para facilitar sus estudios (y que se remontan a la “pecia” medieval) pueden adoptar rasgos –en el contexto posfordista massmediático– que las asimilan a nuevas significaciones, en cierta medida nocivas para sus propios fines, tan legítimos como venerables.
Recientemente, a un profesor de derecho romano, frustrado por el escaso rendimiento de sus alumnos, se le ocurre la feliz idea de interrogarlos sobre “cultura general”. ¿Cuáles son las partes de un caballo? ¿Qué fue “Auschwitz”? Los alumnos resultan incapaces de responder a esas preguntas improvisadas por un inconsciente programador de entretenimientos de preguntas y respuestas televisivas o palabras cruzadas. Una idea de cultura general arraigada en el sentido común massmediático de la industria cultural menos ambiciosa que se pueda imaginar. En esos días se produjo un cierto revuelo mediático. La prensa gráfica y audiovisual incorporaba a su agenda la “crisis de la escuela”. Con los métodos característicos de las noticias de la farándula, ahora se encaraba tema tan importante para el destino del país. Los medios, con su capacidad para atrapar intelectuales y docentes en su agenda. Docentes universitarios y estudiantes que componen presurosos sus presencias para las luces del estudio de televisión, mientras profieren desinteresados diagnósticos basados en sencillas y comprensibles comprobaciones, especialmente accesibles al gran público, sobre la grave situación que atraviesa uno de los escasos ámbitos que aún merecía alguna credibilidad para ese mismo público.
En un programa de TV aparece el profesor, invitado con sus alumnos preferidos. Una joven recién salida de la adolescencia se lamenta de la ignorancia de sus desafortunados compañeros. ¡Cuán desaliñados son ellos, cuán descuidados en su formación, si es tan fácil cumplir con las exigencias del profesor! No es necesario siquiera consultar ningún libro, basta con escuchar atentamente sus exposiciones orales, y se podrá aprobar sin problemas. ¿Cómo es entonces, se pregunta la niña, que no puedan responder a preguntas tan simples? La implicación es que la cultura general invocada ha de ser entonces, tiene que ser así por lo dicho y comentado, y por el contexto, algo que se absorbe, como se absorben las lecciones universitarias, de los medios de comunicación. Si no es necesario leer ningún libro para estudiar Derecho Romano, porqué habría que leer acerca de las partes del caballo. De lo que se debe tratar entonces, es de que estos alumnos, en lugar de cultivarse con fruitivos documentales de animal planet, seguramente habrán de descender un escalón por fuera de la cultura general: en el mejor de los casos ¿han de estar ocupados con videojuegos?
Que el libro sea un objeto formal de sacralidad más limitada a la obligación ritual que a su inscripción en la vida práctica. Ahí se nos muestra el síntoma, el problema.

Biblioclastia II. Dos rasgos caracterizan la fundación de la universidad: una asociación defensiva y funcional entre enseñantes y estudiantes, y una congregación alrededor del libro, a los fines de la consagración del culto de la lectura. Estos dos rasgos, el claustro y la lectura –cuya condición social de posibilidad es el claustro–, definen a la universidad desde que existe, y permanecen intactos a través de los siglos. Sin ellos veremos muchas otras actividades culturales inequívocas, pero no una universidad. Son estos los rasgos que subsisten en la universidad contemporánea, aun cuando las tramas del saber estallaran en mil pedazos, y ya no hay siquiera una lengua común que los saberes puedan comunicarse recíprocamente.
Amenazas, imposiciones y decadencias desasosegaron a la universidad muchas veces. Sin abandonar su sentido esencial, las universidades atravesaron los tiempos. Podría decirse que cada vez que se encuentren en peligro esos dos rasgos fundamentales de la universidad, surgirán los correctivos, sean revolucionarios, sean conservadores, si es que ha de persistir la universidad como institución.
El actual proceso civilizatorio somete a la universidad a desafíos que le exigen las consiguientes acomodaciones, no sin señalar de inmediato la paradoja: es la universidad el protagonista que agencia a la vez esos nuevos desafíos. Reconocemos en ello la naturaleza inquietante del saber, siempre negándose a sí mismo para volver al punto de partida y confirmar el llamado a un renovado exilio.
Ese carácter conflictivo no es ajeno a las series de paradojas que habitan las tensiones existentes entre el claustro y la exterioridad, entre el maestro y el alumno, entre la memoria y el olvido que posibilitan el descubrimiento de horizontes vírgenes.
El libro, lejos de constituirse en una identidad, en una esencia o en un objeto autosuficiente, atraviesa a lo largo de los siglos todos los avatares de las luchas culturales. Es sede de lo mejor y lo peor, transforma la mente humana e invoca nuevas formas de transmisión y soporte, recorta la subjetividad moderna y la destituye, se instala como unidad y como multiplicidad al mismo tiempo. Se lo escribe y se lo borra, se lo promueve, pero también se lo destruye.
El gesto biblioclasta, que la vieja historia menoscababa por su limitada dedicación a lo monumental, y que las nuevas historias exploran con miradas rejuvenecidas, se reitera numerosamente a través de las épocas. Incluso hay, si no libros, al menos lecturas que son destructoras de libros, invocando aquellos libros que se alegan como sustitutivos de todos los demás. Varios libros sagrados han sido leídos de esa manera, y en el siglo que dejamos algunos se han escrito con ese sentido.
El gesto biblioclasta es sintomático, susceptible de olvido y negador de sí mismo, dado que supone la sustitución del libro como tal, o de algunos libros, por otros libros o, como sucede en la actualidad, por las imágenes pretendidamente autosuficientes de los medios de comunicación. No es ocioso recordar aquí que va quedando bien claro que no hay nada esencial en los medios de comunicación que los formule como biblioclastas. Como siempre ocurrió, se trata de considerar las interpretaciones, las recepciones. No es necesario replicar la inanidad del colgamiento talibán de los televisores, en tanto que tampoco se justifica quemar las ediciones de “Mi lucha”.

Biblioclastia III. Digamos por ahora, y para no abundar, que la biblioclastia no depende del uso del fuego ni del instrumental del inquisidor. Hay una biblioclastia, sólo posible junto a una bibliofilia trémula de pasión, que se comporta por omisión, por olvido, por negligencia y por desinterés. Por ello se vuelve más difícil de identificar pero no menos destructiva. Es nuestra biblioclastia.
Difícil de identificar porque quien ame los libros se verá acompañado por una legión de bibliófilos, lectores, coleccionistas, bibliotecarios, escritores, libreros y editores. No hay pasión bibliófila que pueda verse frustrada en el Río de la Plata. Más acá y más allá de la universidad.
Sin embargo.
Dado que la biblioclastia es una suerte de enfermedad autodestructiva, autoinmune, se trata de reconocer los síntomas, en el marco nosológico de aquello que, por íntimo, familiar, resulta entonces, siniestro, y consiguientemente imperceptible.
El libro siempre fue un bien escaso y de difícil acceso. La razón principal que justifica esta afirmación no radica en ningún aspecto técnico de los que conciernen a la evolución material del libro. En tanto que sólo somos capaces de comer lo que estamos en condiciones de ingerir y digerir, el libro supera cualquier medida previsible para un lector. Un lector es siempre lector de todos los libros existentes, no sólo de aquellos que es capaz de leer, hojear, atesorar o vislumbrar en las estanterías. Las bibliotecas tienen la relación con la lectura que tienen los sembradíos y los campos de crianza con la alimentación: son una promesa, un regocijo para el espíritu, una profecía. Contemplar los libros alineados en sus filas o expuestos en las mesas y vitrinas nos informa, más que sobre lo que vamos a leer, sobre lo que no podremos leer nunca, aunque no habremos de resignarnos tampoco jamás. Pero la cuestión del acto de lectura en este sentido es casi secundaria. La visión de las bibliotecas nos informa sobre el conocimiento de una manera que desborda cualquier lectura. Vislumbrar un tema o un autor desconocido, concurrir a la biblioteca y apreciar en escala humana, corporal y arquitectónica la magnitud de un campo del conocimiento y de la obra de un autor son experiencias insustituibles. Ver que sobre tal tema, campo o argumento existen decenas de libros: “bibliotecas enteras”. Hallar en la sala de lectura de una gran biblioteca nacional obras de referencia cuya sola posibilidad, por su composición temática, nunca se nos hubiera ocurrido. Es la razón por la que una biblioteca adecuada exige el pasaje del lector por cada uno de los anaqueles, la posibilidad de tocar y abrir cada uno de sus volúmenes. Sin exagerar la sensualidad y corporalidad de semejante experiencia, se destaca su calidad cognitiva, inescindible de sus parámetros físicos, corporales, incluso olfativos.
Es biblioclasta (podría decirse: en tanto que “política cultural”) privar a los lectores del acceso físico a los libros. Es por ello que las bibliotecas universitarias seleccionan a sus lectores por una parte, pero una vez que han ingresado, ese ingreso es libre e irrestricto. La clausura de la universidad habilita la creación de innumerables bibliotecas no universitarias, dotadas del mismo acceso físico a los libros. Con excepción de los tesoros¸ aquellas bibliotecas y libros que poseen características singulares de valor o precariedad, que los colocan fuera del alcance directo de los lectores. En las bibliotecas universitarias, los tesoros pueden albergar una parte del patrimonio, en tanto que en una biblioteca nacional, es el conjunto del patrimonio el que debe mantenerse alejado o poco accesible al contacto directo con el lector. La biblioteca nacional tiene como finalidad recordarnos el conjunto de la producción de un país. Como dijo el actual subdirector de la nuestra: es un yacimiento. Algo muy valioso que se extrae con cuidado, y que en su generalidad permanece reunido al abrigo de la luz y el ruido. Por eso la biblioteca nacional no requiere la visita predadora de los niños y jóvenes, que necesitan a su disposición, antes que la nacional, muchas otras bibliotecas (en cada escuela, en cada barrio, en cada manzana, en cada casa). Por otra parte, las bibliotecas nacionales son las más accesibles de todas, pero no en forma directa, física, sino a través de los medios modernos de transporte y comunicación. Ayer, el correo para la consulta del catálogo y el préstamo interbibliotecario, hoy, las redes informáticas y las fotocopias accesibles desde cualquier parte del mundo. El catálogo y el carácter público del catálogo de una biblioteca nacional es una función próxima en importancia a la disponibilidad y aún a la existencia física del volumen. En este tipo tan singular de biblioteca la función del libro es más similar a los bienes que garantizan el valor de una moneda, custodiados por el Banco Central de un país (que no se tocan), que al circulante (que fluye y se intercambia).
De una manera similar a la desarticulación de los desarmaderos de autos que se llevó a cabo recientemente en la provincia de Buenos Aires para desalentar el robo de automotores, es el acceso global a una biblioteca nacional aquello que puede desalentar el tráfico internacional de libros infrecuentes (sin contar con los coleccionistas, depredadores de cualquier tesoro).
Desde luego, nuestra actual realidad, con bibliotecas universitarias cerradas a sus propios usuarios, no alienta la superación de esta, que de hecho, resulta una realidad biblioclasta, por negligente, aun cuando no se piense a sí misma como tal.

Biblioclastia IV. No somos responsables de las destrucciones de libros que ejercieron nuestras dictaduras, pero tenemos plena responsabilidad por la memoria del odio antiintelectual y el brutalismo del que hemos sido víctimas. Y al respecto hay que decir que el signo biblioclasta se encuentra en el olvido de aquellos actos de barbarie. En el sentido de que la memoria, en este caso, requiere no sólo la reparación, sino también el desagravio.
Si los docentes de todos los niveles de la educación argentina estamos sometidos a una condición menesterosa desde hace años, si coexiste casi como hábito una serie de gestos de los sucesivos gobiernos sobre la restauración de una condición digna perdida hace ya tantos años, siempre después denegada no obstante todas las buenas intenciones y las infinitas y reiteradas protestas, hemos de ver en ello un arco de actitudes que van desde la destrucción antiintelectual del libro hasta el respectivo descuido, inexcusable por injustificado, pero también alarmante por ausente, de las agendas públicas.
La noche de los bastones largos, mucho más allá de un castigo político a sectores sociales de oposición a ciertos poderes, tiene que ser considerada como un signo de antiintelectualismo, de anticultura y de biblioclastia que pide a gritos ser reconocido en el conjunto de los avatares de la vida política argentina desde entonces. Acto dirigido contra la universidad, es casi de sentido común la conciencia de que la institución no se recuperó desde entonces. ¿No habrá allí una vacancia de la memoria, la reparación y el desagravio? ¿No estará sumergido aquel gesto en la vida cotidiana universitaria desde entonces como un germen destructivo que requiere un abordamiento sistemático y deliberado?
La destrucción de libros en la dictadura siguió dos caminos concomitantes. Peor uno que el otro. La imagen del camión volcador que disponía para la destrucción el fondo editorial del Centro Editor de América Latina (CEAL). Aquella foto. ¿No pide su monumento, su registro de inscripción en una instancia refundadora? No resulta casual que el CEAL, por diversas razones, fuera una editorial eminentemente universitaria, con un proyecto de resolución radical de las carencias y síntomas de biblioclastia que hemos mencionado aquí.
La segunda forma de destrucción de los libros nos aporta seguramente una clave de lectura final de la desazón que sobrelleva la no obstante sobreviviente bibliofilia rioplatense. El terror provocó una inmensa destrucción de libros por parte de los propios lectores. Desaparecidos, sustracción de niños, destrucción y autodestrucción de libros.

Redención. El Museo de la Memoria de Rosario alberga en su iconografía la imagen de un libro deteriorado después de haber estado enterrado, en un desolado intento por salvarlo.
Esa fotografía que encoge el corazón nos proporciona un signo final de reparación.
Alguien se abstuvo de quemar un libro propio. Alguien se abstuvo de arrojar un libro a las cloacas. Alguien intentó igualar un libro a una vida humana, un libro a un alimento del espíritu y por lo tanto del cuerpo.
Alguien, en el Museo de la Memoria de Rosario, vio en esa imagen el signo apropiado de una esperanza.