Confesión y circuncisión: San Agustín en Derrida

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tapa26Mónica B. Cragnolini

¿Para qué escribir una confesión? Tal vez la respuesta a esta pregunta sea la misma, o similar, a la pregunta del para qué escribir un libro, a lo que Agustín y Derrida quizás contestarían: por amor, para amar más.
Pareciera entonces que el amor y la confesión deben estar juntos. Derrida se pregunta de qué sirve el amor que no se confiesa, o si hablar de amor no es ya hacer una declaración de amor. Quizás todo amor tiene algo de confesión. Sin embargo, en toda confesión también hay un resto de inconfesabilidad, algo que se resguarda de la supuesta posibilidad de decir todo, o transparentar todo.
El modelo de la confesión pareciera remitir a la subjetividad encerrada en el ámbito de la interioridad que se clarifica (a sí o a un otro) sus estados, retrotrayéndolos al espacio de la conciencia. Sin embargo, más que de intento de clarificación, tanto en las Confesiones de Agustín como en la de Derrida, se trata de una cuestión de amor (amor que siempre supone una opacidad que se resiste a todo intento de transparencia). Una restancia queda en las confesiones, algo que resiste, un inconfesable que desafía todo intento de “verdad”.
Tal vez lo que hagan visible las Confesiones agustinianas sea esto: la necesidad de decir el amor, y el modo en que en ese decir se patentiza la alteridad. Como resto inconfesable y opaco.
San Agustín con sus Confesiones, Derrida con su Circonfesión dan testimonio de este amor y este resto. ¿Qué une a San Agustín y Derrida, argelinos ambos, filósofos ambos, en la confesión: de una alianza, de un anillo en ambos casos? ¿Qué los une además de una madre, un nombre –Derrida escribe desde Santa Mónica–, una calle –Derrida vivió con sus padres en la calle Sainte Agustine–, un relato de una vida, de un hurto? ¿Qué los une, además de esa necesidad de la escritura después de la muerte de la madre? Porque si bien Derrida escribe mientras su madre aun vive, ella ha olvidado el nombre de su hijo, y entonces escribe para una madre viva que no reconoce al hijo, una madre “que no es” madre.
Creo que, más allá de estas proximidades, escribir una “Circonfesión” es un homenaje, 1590 años después, a aquello que testimonian las Confesiones agustinianas: la alteridad, en un discurso que, por momentos, parece ser un soliloquio, pero que está hecho ante un otro. Y un otro que ya sabe lo que se le va a contar, y a quien, sin embargo, se le reitera lo sabido. Entonces, la palabra de la confesión es casi como el gesto del amor: una redundancia, una reiteración, una iteración que, sin embargo, ampara lo frágil de la otredad.