Los Justos

fondos3Cecilia Pernasetti

Todos los autores de estas ponencias que el libro compila, fueron actores políticos de los años 60 y 70, militantes de diferentes grupos u organizaciones. Y los que están en esta mesa para su presentación también, excepto mi caso. Pertenezco a una generación posterior, y lo marco porque mi mirada se construye, a diferencia de la de los autores, a partir de relatos de los otros, memorias que no pertenecen al orden de mi experiencia biográfica,  sino que me es transmitida mediada por las convenciones que cada sociedad se construye para  hacer posible esa transmisión. Sin embargo, esos relatos (en el amplio sentido de la palabra, desde textos académicos hasta anécdotas personales escuchadas al calor de un mate) me construyen y me atraviesan y alimentan una manera de estar en el mundo. Porque para la mayoría de los que nos relatan sus memorias, la experiencia de aquellos años puede recibir ese nombre –experiencia—en el sentido fuerte del término: ordena el tiempo,  marca un antes y un después en la percepción de un transcurrir biográfico. Quisiera no evadir ese impacto del tema que aborda este libro, voy a intentar hablar de él en lo que me interpela vitalmente.
En las jornadas realizadas hace dos años y que dieron lugar a este libro, se invitaba a describir e interpretar las ideas que alimentaron las acciones, las conductas y los proyectos en el escenario político de los años 60 y 70. La relectura de los escritos me ha provocado un conjunto complejo de reflexiones y emociones que en gran medida son la actualización de otras lecturas y de largas horas de diálogo en el Programa de Estudios sobre la Memoria del CEA, pero también con los amigos y la familia, y que se han intensificado en los últimos cinco años. Pero digo que este libro en particular ha reeditado esa mezcla intrincada de emociones y reflexiones porque formula una y otra vez las preguntas que resuenan insistentemente en aquellas conversaciones, y que sostienen una inquietud que no cesa: ¿por qué sucedieron esos años de violencia?, ¿cómo fue que sucedió? Las preguntas, de entrada, dejan de lado cualquier tentación de respuesta sencilla que imponga sobre rostros concretos de la historia los arquetipos de malos o buenos, de víctimas y victimarios. Y sin embargo la idea del bien, de lo bueno, y del mal, de lo malo, no dejan de estar involucrados. Al contrario, las primeras preguntas, creo, inevitablemente –tarde o temprano— convocan esas otras interrogaciones, temibles pero imprescindibles, sobre el bien y el mal. Imprescindibles pero no para hacer juicios sobre los hombres y mujeres que vivieron y actuaron en esos años; sino para vivir hoy cotidianamente y para poder formular nuestros deseos y sostener esperanzas. Para actuar y decidir hoy en el espacio de mi vida. Me gustaría, entonces, preguntarme no tanto sobre la memoria de aquellos años sino acerca de uno de los rostros de esa memoria, que hoy me interesa más: su legado. La idea de legado presupone la asunción de una responsabilidad y un aprendizaje. Presupone también que estamos refiriéndonos a asuntos que involucran a más de uno y que tienen que ver con el orden de lo público. Presupone un compromiso que circula de una generación a otra, una conciencia sobre las consecuencias posibles de los actos, y una  necesidad de distanciamiento reflexivo hacia “los mayores” que nos precedieron. Presupone que se trata de reconocer el carácter político en el sentido profundo de hechos del pasado. Porque somos nosotros hoy aquí en este presente los que tenemos que dar sentido a sucesos y modos de pensar del pasado, tenemos que lidiar con esos años hoy aquí, tenemos que saber qué hacer con esas esos relatos, por un lado, de exaltadas experiencias de comunidad, de pertenencia, de comunión de ideas, de ímpetu, de entusiasmo, de generosidad;  y, por otro lado, de terribles experiencias de dolor, de crueldad, de impunidad, de ceguera, de dogmatismo. Y lo tenemos que hacer porque estamos preocupados por encontrar puntas, asideros, resquicios, para sostener y alimentar o construir miradas sobre el presente y, tal vez, puntos de partida para imaginar o enfrentar cada día futuros posibles. Es posible, entonces, responder a esta pregunta: ¿qué legados nos dejaron esos años? Evidentemente, no tengo la respuesta, porque precisamente ese legado se está construyendo cada vez que se discute y se reflexiona sobre el tema.

Hay una primera advertencia que no quisiera dejar de señalar, quizá menos obvia de lo que parece: creo que no estaríamos hoy presentando este libro, ni se hubieran hecho aquellas jornadas que el libro compila, si no hubiera sucedido la terrible experiencia de la última dictadura militar. Es decir: nuestro interés por las ideas políticas de los años 60 y 70 está teñido por el estupor que no cesa producido por los crímenes de la dictadura. En este encuentro nos acompañan el dolor por el horror de aquellos años, las ausencias, los muertos sin sepultura, las marcas de la tortura en los cuerpos, los desarraigos definitivos de los exilios, la terrible certeza de que en la calle está caminando hoy un joven al que le han negado su nombre y su origen, y que no lo sabe. La mirada que intentamos tiene, inevitablemente ese punto de partida.
El atroz desenlace de los acontecimientos de aquellos años le otorga a cada gesto previo a ese desenlace, a cada frase de las consignas, a cada declaración pública en periódicos y volantes antes de 1976, una carga dramática difícil de soslayar. Y entonces, hablar de las ideas políticas de los años previos a la dictadura se vuelve un esfuerzo doble, porque a cada momento se hace necesario “olvidar” la dictadura, para no leer todo como un camino que presagiaba ese horror, o peor, que conducía al horror, como un destino fatal, ineludible. Creo que en al afán saludable de la autocrítica de la militancia de la época, se corre el riesgo de ver en algunos gestos de fervor revolucionario (consignas, canciones), e incluso en las acciones vinculada al uso de la violencia por parte de grupos guerrilleros, el germen del horror que llegó después. Y sin pretender celebrar aquella violencia, creo que nadie puede reconstruir el hilo que fue sumando nudos para llegar a los campos de clandestinos de detención y la desaparición de personas.
¿Es posible “olvidar” la dictadura como un ejercicio de análisis, en función de una tal vez imposible mirada más “objetiva”? ¿Es deseable esa objetividad? ¿Qué se debe hacer, entonces? No tenemos otra mirada que ésta, teñida por el horror. Tal vez para hablar de los años 60 y los primeros 70 no hay que olvidar a la dictadura, pero no para asumirla como consecuencia de una suma escalonada de causas, como el corolario necesario (en el sentido lógico), sino como la certeza de que aún lo impensable se hizo realidad.

Pero quiero diferenciar: lo impensable desde el punto de vista de la militancia revolucionaria. No se puede decir lo mismo de la dirigencia militar responsable del golpe, que planificó la masacre con racionalidad, estrategia y convencimiento: para ellos, no hubo sorpresa ni un estupor. Me ha pasado que cuando digo “ideas políticas de los 60 y 70” me remito rápidamente a las ideas sostenidas por la militancia revolucionaria, el pensamiento de izquierda, el sindicalismo progresista y un poco menos, el peronismo, los partidos políticos. Pero no a las ideas dominantes en la institución militar. El artículo de César Tcach recuerda con claridad cómo aún antes del accionar armado de grupos revolucionarios, existía entre las fuerzas armadas en Latinoamérica el convencimiento de que era su deber utilizar todo tipo de violencia contra aquellos grupos considerados subversivos, comunistas y apátridas; en ese sentido, no dudaron en apelar a la experiencia de las ejecuciones y la desaparición de personas aplicadas como metodología de represión por Francia en Argelia.

Sin embargo, no podemos soslayar la pregunta que aparece en más un texto de este libro y que resulta tremendamente inquietante: ¿qué había en el ideario revolucionario que no sólo no pudo ver lo que venía sino que pareciera que lo alentaba? Recojo una primera respuesta: Desde el momento en que se considera al uso de la violencia como medio adecuado si la causa es justa, se desata la posibilidad de que suceda lo imposible, incluso lo que no estaba en el imaginario de los ideales revolucionarios.

Yo decía que no existe tal hilo de causalidad que una un gesto de soberbia guerrillera con los campos clandestinos de detención. No hay una racionalidad en los propios sucesos históricos que tengan la organicidad de la causa-consecuencia: esta afirmación ya es un consenso entre las ciencias sociales. Pero la tentación a buscar esa cadena lógica es fuerte: detrás está la promesa de que eso no vuelva a suceder.
La preocupación de que no vuelva a suceder es absolutamente legítima. Pero para que las cosas sucedieran como sucedieron se tienen que haber reunido un conjunto de factores que generaron una situación única. ¿Cómo aprender de la historia si no es posible que se vuelva a repetir una situación, si es única? Intentando comprender: desentrañar uno a uno todos esos factores que intervinieron, y tratar de ponernos en la piel de hombres y mujeres que entonces vivieron, actuaron, participaron. Para que esa experiencia se vuelva legado. Sólo así es posible que, “en un instante de peligro”, la memoria de aquella experiencia nos ilumine  y frente a un nuevo desafío podamos al menos vislumbrar dónde empieza esa frontera en que somos autónomos, en que no nos dejamos llevar por los vientos de la historia y podamos reconocer nuestro momento de libertad –y por lo tanto de responsabilidad.
No se trata de conocer los hechos para no repetirlos sino de comprender las opciones que fueron tomadas por hombres y mujeres en una compleja mezcla entre condicionamientos de la historia y del clima de época y decisiones libres. Creo que a esa comprensión apuntan estos artículos. ¿Por qué algunos hombres y mujeres de entonces optaron por la vía armada? ¿Por qué la dirigencia militar optó por el crimen en su mayor escala? ¿Son opciones tomadas por sujetos autónomos, “capaces de discernir”, como diría el lenguaje legal? En su mayoría, sí. No era una comunidad de alienados y no eran solamente hojas levantadas por los vientos de la historia.
El legado de los años en que la violencia podía ser vista como medio para conseguir un fin justo tiene que ser ese: reconocer que era una idea asumida libremente, por individuos autónomos. Así como ellos no eran ingenuos, nosotros no podemos serlo en absoluto de ahora en más, porque sabemos que la distinción entre fines y medios es ya una trampa.
El legado, creo –y esto ya lo sabíamos por otras experiencias en otras sociedades, pero parece que es lo más difícil de comprender- es que hay que desconfiar de cualquier fin que asuma la forma de una sociedad ideal a la cual hay que tender cueste lo que cueste, por cualquier medio. El legado también de la experiencia militar. La utopía ha mostrado ya varias veces su rostro de terror, que es precisamente la utopía realizada.

Sin embargo, subsiste en este torpe intento de pensar sin espejismos, el problema del “clima de época” como categoría explicativa. Porque, el deseo de “cambiar el mundo”, el convencimiento de que había injusticias que podían ser superadas, de suponer que la revolución socialista era deseable, ¿es sólo atribuible al “clima de época”? Ahora que no hay ese “clima de época” ¿quiere decir que el estado de las cosas ya no provoca indignación?, ¿que el mundo no tiene que ser cambiado? La otra pregunta (además del por qué y del cómo pasó), la otra cara, el reverso, lo que está detrás de aquellas preguntas, la retomo de Ricardo Panzetta; “¿cuánto de aquellas ideas y emociones de los grupos rebeldes podemos y queremos salvar del incendio?” Y esta, “¿cómo dejar en el incendio nuestra revulsión por el sistema?

Oscar Terán  asume que la de los 60 y 70 fue una época de intensas pasiones ideológicas. Creo que había pasión porque había proyectos en disputa, y algo más básico todavía como hecho aceptado: estaba la idea de que era posible construir un futuro de un signo o de otro. Hoy esas disputas se han apaciguado hasta casi desaparecer. Por un lado, hay la desconfianza ante cualquier figuración de sociedad deseable. Pero, creo que de manera más definitiva, tales pasiones ideológicas se han rendido al triunfo de una sola ideología, la que dice que no hay ideologías, que son vanas construcciones, y que las sociedades son lo que son porque siguen el camino natural de su evolución, que es la evolución del mercado.
Y me resuenan las palabras que la madre de un desaparecido en uno de esos rápidos reportajes conmemorativos de la televisión, dijo con una inocencia devastadora. Que su hijo luchaba porque “en esa época había mucha injusticia”. Las injusticias de entonces se potenciaron ahora a  niveles obscenos. Pero parece que nos hemos acostumbrado a la injusticia de hoy; la hemos naturalizado.
Hoy somos más racionales, más maduros, más sensatos… pero quizás también más cómodos, más cínicos, más egoístas… Reconocemos lúcidamente la herencia romántica de la figura del héroe que coquetea con la muerte… ahora no caeríamos en esos espejismos de las pasiones ni en esas debilidades de la razón.
Retomo otra frase de Panzetta: “memoria de emociones que no queremos entregar al fracaso”. Pertenezco a una generación que no ha vivido ese sentimiento de sentirse parte de un proyecto con tal intensidad que era posible ofrendar la vida. Pertenezco a una generación que ha vivido el fracaso de esa generación que fue capaz de ese sentimiento. Pertenezco a una generación que desconfía de ese sentimiento, pero que cree que necesitamos recuperar algo del incendio.