Volver para contar: la persistencia del exterminio

angelVictoria Souto Carlevaro

Dada la gran cantidad de relatos de primera mano que han sido publicados tanto sobre el Holocausto como a propósito del genocidio que llevó adelante la dictadura militar en Argentina del período 1976-83, nos proponemos reflexionar sobre lo que se alza como una de las “vías regias” para la construcción de una memoria del horror: el testimonio.
Sin embargo, el testimonio del horror está amenazado ya en su misma constitución como tal. Es por eso que trabajaremos con distintas formas del silencio que intervienen en su conformación, así como también con algunas de las múltiples imposibilidades que se juegan y entrecruzan en su seno; imposibilidades que, sin embargo, reafirman su existencia como testimonio, y conforman, a cada paso, su sustancia aporética.
Es importante recordar que la relación entre el silencio y el testimonio del horror ha sido, a menudo, trabajada a partir de la construcción maniquea de una falsa antinomia lenguaje-silencio. Así, cuando se ha reflexionado en torno al silencio que han producido los genocidios, frecuentemente se lo ha asimilado a la lisa y llana ablación de la capacidad expresiva. Se piensa sobre el silencio de los que ya no pueden hablar, como si él habitara sólo en la imposibilidad de la articulación del relato, ya sea por muerte o por enmudecimiento por haber padecido una experiencia traumática.
No nos ocuparemos aquí del silencio de los que ya no pueden hablar porque han sido exterminados, ni tampoco del de quienes han sobrevivido pero no pueden dar testimonio; indagaremos, en cambio, en el silencio que habita en la palabra que sí ha podido ser pronunciada.

Silencio y testimonio
A propósito de la figura del narrador, Walter Benjamin ha explicado que la falta de relatos del campo de batalla que pudo observarse tras la primera guerra mundial daba cuenta ya del deterioro histórico de la experiencia comunicable(1). Sin embargo, tanto en el caso de Auschwitz primero, como en el de la ESMA después (sólo para nombrar dos lugares emblemáticos) el silencio aparece también en quienes sí han podido articular un relato sobre aquellas vivencias. Es por eso que ni el más locuaz sobreviviente puede ser capaz de transmitir la densidad del horror, ni aún el más atento auditorio puede ser capaz de aprehenderlo. Es preciso aclarar que esta imposibilidad no tiene relación con las capacidades o incapacidades individuales, porque el silencio se cuela más allá de aquellas, en los intersticios que existen en lo no dicho, pero también en el relato que sí ha podido ser producido.
El testimonio de Primo Levi es uno de los ejemplos más claros de un relato que ha podido ser construido, pero cuya construcción está hecha, inevitablemente, de niebla. De silencio. Él mismo ha dicho en “Los hundidos y los salvados”(2) que la verdad del campo de concentración está en aquellos que no pueden ya pronunciarla, en los “hundidos”,  “quebrados”, “musulmanes”. Y en el mismo sentido, Wiesel afirma que “los que no han vivido esa experiencia nunca sabrán lo que fue; los que la han vivido no la contarían nunca; no verdaderamente, no hasta el fondo. El pasado pertenece a los muertos.”(3)
Sucede que esa “verdad” de la que habla Levi está en el silencio de quienes ya no pueden hablar. Y en este punto podríamos agregar algo: es ese silencio. La “verdad” del campo y el silencio no son indisociables: son la misma cosa. Y esa “verdad” a la que refiere Levi se quiebra en el instante mismo en que el relato es articulado: el mismo acto de hablar destruye la posibilidad de dar cuenta de la densidad del Lager. De modo que esa capacidad sólo puede existir en tanto que potencia: cuando se transforma en acto, se pulveriza. Quien puede contar, en ese mismo gesto se vuelve mudo.
En este punto podemos aventurar también otra presunción: que el mecanismo destructor (silenciador) de la capacidad de dar cuenta de la densidad del campo es doble, y amordaza tanto a quienes se han llevado para siempre la verdad del Lager consigo (y que por eso son sus guardianes más fidedignos), como a aquellos que pierden la viscosidad del horror en el acto de nombrarla. El silencio se duplica, y en ambos casos no hay más que una eterna demora, un gesto fatigado que deviene alusión circular a un otro tan lejano, tan siempre esquivo.
“Al volverse dato, prueba endeble, material de investigación y confrontación (explica Forster), la palabra testimoniante se convierte en otra cosa, pierde su estatuto y poco tiene que ver con su primera manifestación. Se le exige al testigo, en virtud de la “necesidad” cientificista de la contrastación fáctica una prueba que él “no puede ni debe ofrecer.”(4) Ocurre que la imposibilidad del testimonio no es la imposibilidad de acceso a un saber exhaustivo, científico, para lo cual el silencio sería una barrera que impediría llegar a algún “fondo” esquivo. En efecto, no hay tal cosa como un “fondo”, si del horror se trata. El silencio no lo entendemos como una angustiosa imposibilidad de dar cuenta de un todo oculto, susceptible de ser desplegado (aunque sólo pudiera serlo en teoría, y no se lograse “efectivamente”) pero al que no se puede acceder; sino acaso piel y cuerpo de la propia palabra del horror, y por lo tanto, infranqueable por constitutivo.
Forster sugiere que el poeta rumano Paul Celan nos habla en su escritura de la soledad del testigo. Soledad que, nos permitiremos agregar, es acaso la más interna: la que concierne no sólo a la imposibilidad de testimoniar por el otro, sino también a la imposibilidad de testimoniar sobre la propia vivencia. Es cierto que el testimonio está lleno de baches, de silencios (ya Levi se ha referido en más de una ocasión a las “lagunas” que constituyen el testimonio), y que la imposibilidad de dar cuenta del horror es inherente a su propia dinámica. Pero si entendemos el testimonio sobre Auschwitz como el testimonio sobre su imposibilidad (el testimonio es, siempre, testimonio del silencio) (5), esa soledad es también la de no poder testimoniar, aún sobre la propia experiencia. Es el silencio más íntimo, y que nada tiene que ver con poder o no evocar los sucesos. De hecho, Levi asegura que no existe nada que recuerde mejor ni con mayor precisión que aquellos días vividos en el Lager.
Esa soledad, entonces, no tiene que ver sólo con que el testigo no pueda hablar de lo que le aconteció a los otros, sino con el propio silencio, con la imposibilidad de evocar-se del propio sujeto hablante, con no poder encontrar-se en el relato y en lo que allí se intenta (aún así) “reponer” y transmitir. Es claro que no puede haber algo como una prolija transmisión, no sólo porque exigirle eso al testimonio sería confinarlo, paradójicamente, a su extinción como tal, sino también porque, y tal como ya lo ha explicado Merleau-Ponty, en el acto de alocución interviene un proceso creativo, puesto que la idea se construye en el acto de habla: antes no hay un preexistente ya prefigurado al que sólo le restaría un proceso de traducción, sino, y apenas, una “intención significativa”(6).
Esa imposibilidad de evocar-se del propio sujeto hablante a la que nos referimos, existe en consonancia con aquello a lo que se refiere Forster, cuando dice “¿no sabe el testigo que al testimoniar clausura, en parte, el retorno hacia la intimidad de una memoria que no puede volverse lenguaje y que se guarda en lo más profundo del yo? Y sin embargo el testigo da su testimonio” (7). Es que el testigo debe olvidar que va a “clausurar” esa intimidad para poder hablar. Y hablará en el intento de contarla, y allí es cuando la perderá.
¿Por qué decimos que se pierde la viscosidad de lo vivido, si la experiencia como tal no es previa al testimonio, sino que se configura en el acto de alocución? Es que la densidad de lo vivido no es la mera transcripción de una vivencia sino exactamente su contrario: es aquel sustrato espeso que sólo puede constituirse en la creación permanente y siempre voluble del acto de discurso, y que únicamente tiene lugar en aquellos instantes en los que, precisamente, la vivencia es desplazada del centro de la escena verbal. Recién en ese punto puede  aparecer (producto de un acto de creación, no de reproducción) la experiencia, aquello que justamente no es pasible de ser “transcripto”, sino que suele presentarse como un bosquejo, un destello intermitente que asoma y reclama su propio cuerpo en los instantes más insospechados. Esta es la posibilidad de re-construir, en el acto creador del relato, (único e irrepetible por definición) aquel pliegue personalísimo e intransferible que funda la relación del testigo con su pasado traumático.
Sin embargo, en lo que refiere al testimonio del horror eso no puede tener lugar, por dos razones: porque el testimonio del testigo implica un reflujo constante de voces y silencios siempre “foráneos”, que se constituyen como un “yo” permanentemente emplazado en un “otro”, a partir de lo cual no es posible reclamar algo tal como una experiencia “propia”, y porque el horror sustrae esa porción intransferible: extirpa la experiencia del relato, que es precisamente la posibilidad de dar cuenta de esa densidad que, paradójicamente, sólo podría cobrar sustancia en el testimonio: el lugar de la experiencia por antonomasia. Y aquí, y otra vez, algo se vuelve posible sólo cuando es imposible, del mismo modo que la voz del musulmán se constituye como tal sólo cuando no puede ser proferida.
Y en lo que refiere al acto de discurso del testigo, decíamos que es allí donde se pierde la viscosidad del horror, pero no porque se esté en presencia de un “más allá de lo decible” de lo que no se puede dar cuenta, como bien ha aclarado Link (8) respecto de la muy a menudo mal entendida frase de Benjamin, aquella que se detiene en el empobrecimiento de la experiencia comunicable en los sobrevivientes de los campos de batalla luego de la Primera Guerra Mundial (9). En cambio diremos que, en todo caso, el silencio que el horror le imprime al testimonio está dado porque encubre (silencia) la existencia de una operatoria que oculta que no hay tal cosa como un “más allá de lo decible”. Muy por el contrario, el horror es palpable, está detrás y delante, es fondo y superficie (y ese es su secreto). Su inasequibilidad no tiene que ver en todo caso con que sea “inaccesible”, sino con que no se advierte que es, en cambio, una maciza omnipresencia. Que comenzar a buscarlo es haberlo encontrado ya, o mejor dicho, que él ya nos ha encontrado a nosotros y nos lleva demasiadas muertes de ventaja.

La condena del testigo: el testimonio como arma
El testigo está acorralado: todo lo que ansíe restituir o evocar, aquello que pretenda sacarle de la boca al olvido, acabará por destruirlo como tal. Intentar traer algo de aquello es, siempre, extraviarlo, dado que el testimonio se construye a partir de la pérdida de la espesura de lo evocado en el mismo acto de evocación. Cuando decimos “extraviarlo” también estamos haciendo alusión al olvido de que esto efectivamente ocurre; de que evocar nunca es evocar, sino perder, derramar; en última instancia: “olvidar” la imposibilidad que funda todo testimonio. Lo que se transforma en palabra dicha existe entonces sólo en su propia fuga: sea la densidad del horror, sea el silencio absoluto; todo lo evocado sólo puede hacerse presente en tanto pérdida de sí.
La condena del testigo es inapelable: ella termina constituyéndolo como el “verdugo” de aquello que se propone presentificar en su testimonio, dado que lo compele a hacer estallar la densidad de lo evocado, a destruirla en el deseo por hacerla “aparecer” en el relato. La embestida a que está fatalmente obligado el testigo en cada acto evocativo se vuelve patente también en el hecho de que el testimonio sólo puede encontrar su ser precisamente en la profanación de la “verdad” del Lager, que es el silencio. Así, el testimonio del testigo se construye en una violencia primera, que funda el acto de evocación, reduciéndolo a una instancia en la que el mismo testigo termina por “licuar” el espesor  de lo evocado en el intento por reponerlo.
Sin embargo, es preciso en este punto hacer una aclaración: el testigo ha sido confinado a tal lugar producto de un desplazamiento que excede su voluntad. Su margen de acción está restringido de antemano y la imposibilidad precede a cada palabra dicha. Es la condena que se cierne sobre el testimonio a la que hacíamos referencia la que transforma inevitablemente el denodado empeño de los testigos por restituir la voz de los muertos en un arma a la que sólo pueden acercarse abriendo fuego.
No obstante, el testimonio debe ser siempre defendido, protegido aún en tales desventuras constitutivas, dado que, aún así (o por ello mismo) sigue siendo imprescindible para la creación de una memoria del horror.
“Nada queda de él: el testimonio de su existencia son estas palabras mías” (10), decía Levi refiriéndose a Hurbinek, aquel niño de eternos tres años que nunca aprendió a hablar, y murió poco después de la entrada de los rusos en Auschwitz, en 1945. Pero es precisamente en las palabras de Levi en las que Hurbinek, el niño de Auschwitz, no ha dejado de morir.